El 6 de abril de 1996, al amanecer, el ruido metálico de una sierra rompió el silencio de las montañas navarras. No era una obra más: era un gesto de ruptura. Ocho personas cortaban los cables que sostenían el avance del pantano de Itoiz. No buscaban protagonismo ni destrucción gratuita. Buscaban tiempo. Tiempo para un valle condenado. Treinta años después, aquel acto sigue siendo uno de los episodios más simbólicos de la lucha popular contra los grandes proyectos impuestos desde arriba.
Un pantano contra un territorio.
El embalse de Itoiz no nació en consenso. Desde su planteamiento generó una profunda fractura social en Navarra. Gobiernos e instituciones lo defendían como una infraestructura clave para el desarrollo, ligada a grandes planes hidráulicos.
Pero al otro lado estaban los habitantes del territorio: vecinos, agricultores, colectivos ecologistas. Para ellos, el pantano no era progreso, sino desarraigo. Significaba la desaparición de pueblos enteros, el desplazamiento de comunidades y la transformación irreversible de un ecosistema de montaña.
La oposición no fue marginal. Desde 1985 se organizó una resistencia sostenida en tribunales y en la calle. Incluso se logró una victoria judicial en 1996 que declaraba ilegal el pantano, aunque sin capacidad real de frenar las obras.
Cuando la legalidad no alcanza.
En ese contexto surge la acción de los llamados Solidarios con Itoiz. Sentían que no había otra opción que intervenir directamente para frenar el proyecto.
La madrugada del 6 de abril, ocho activistas accedieron a las obras acompañados de periodistas. Querían que todo fuera público.
Con sierras radiales cortaron los cables que transportaban el hormigón de la presa. En minutos, la obra quedó paralizada durante meses.
Un acto de desobediencia que hizo historia.
El impacto fue inmediato. Itoiz se convirtió en un símbolo internacional de resistencia y desobediencia civil.
Los activistas fueron detenidos, juzgados y condenados, asumiendo consecuencias personales importantes.
El valle que quedó bajo el agua.
A pesar de la resistencia, el pantano se terminó. Pueblos enteros desaparecieron bajo el agua, borrando física y emocionalmente una forma de vida.
Hoy, treinta años despues, el corte de cables sigue generando debate. Más allá del resultado, dejó una pregunta abierta:
¿Quién decide qué territorios deben desaparecer en nombre del progreso?
Itoitzetik ez dira pasako!
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