Hofe no quiere etiquetas. Tampoco comodidad. El artista de Atarrabia se encuentra a las puertas de publicar un nuevo disco con el que sigue estirando los límites de su sonido. Pero hay algo que no cambia: su vínculo con Atarrabia.
Desde que estabas con Nibass hasta hoy, tu sonido ha cambiado mucho. ¿Has llegado a un lugar cómodo o sigues huyendo de etiquetas?
Bueno, yo creo que mi lugar cómodo es intentar huir de una etiqueta. Ese es mi lugar cómodo. A medida que he ido madurando como persona, también he madurado como artista, y lo que más me gusta de la movida es intentar estirarme hasta el límite. Lo bueno de esto es que siempre voy a tener algo nuevo que probar.
He llegado a hacer ciertas movidas en la música que nunca pensaba que haría, pero no me he quedado ahí, intento siempre renovarme, y eso me motiva. Te diría que mi estado de comodidad es la incomodidad, ¿sabes? O mejor dicho, la inconformidad.
En tus letras mencionas muchos personajes de películas, artistas, actores... ¿Qué película o estética visual ha sido la banda sonora mental al componer este nuevo álbum?
Pues, hostia, buena pregunta. Justo me ha pillado en una época en la que no he consumido mucho cine. Yo creo que me he valido un poco de todo lo que soy y he hecho un trabajo un poco introspectivo. En plan, he ido un poco hacia las raíces de mi movida.
Pero, te diría que El cielo sobre Berlín me ha inspirado mucho. Me han inspirado un montón las cosas que hace Romain Gavras, un director francés que me gusta mucho. No tanto a nivel de cine, pero, por ejemplo, “R.A.”, que es el primer single que sacamos del álbum, que se llama Richard Ashcroft, hace referencia a un cantante de un grupo de Reino Unido que se llama The Verve. Me he inspirado en él para ese tema en concreto, porque me molaba mucho su estética, me molaba mucho su actitud.
He bebido un poco de todo lo que soy. Creo que este disco es todo lo que soy yo ahora mismo, pensando en el ahora, pensando igual en un futuro que me gustaría tener, pero que está complicado por cómo está la situación en la que estamos viviendo. He hecho un trabajo introspectivo de dónde vengo y de mis orígenes. Entonces, te diría que, aunque no tenga una película referencia concreta, es la unión de todo lo que me ha pasado en la vida y todo lo que me ha marcado.
Para alguien como tú, que has estado girando por Madrid y Barcelona y tocando en festivales grandes, ¿qué significa volver a Atarrabia? ¿Sigue siendo el lugar donde bajas a tierra o te resulta difícil pasar desapercibido en las jaias del pueblo?
Yo bajo a tierra en casa. Me viene muy bien estar en mi casa, bajar al Basa, hacer mi rutina de toda la vida, saludar a la gente que conozco de toda la vida… Me viene guay, la verdad, es bastante sanador venir a Atarrabia porque me baja. Es el sitio donde consigo descansar de verdad. Estoy de aquí para allí y no desconecto hasta que no estoy aquí.
En cuanto a lo de pasar desapercibido, pues como soy un poco gilipollas y tampoco tengo mucha noción de nada, sí que me he dado cuenta de que ahora en jaias me para más gente o me saluda más gente, pero vaya, sigue siendo mi espacio seguro.
Es verdad que en otras ciudades te para más gente a pedir fotos o a hablar contigo, pero aquí, en el pueblo, es diferente al conocernos todos desde siempre ¿no?
Eso, tío. Es lo guay de tu pueblo, de toda la vida, conocer a todo el mundo, los lazos que ya vienen de antes. Yo no he cambiado y no he notado un cambio en el trato, la verdad, y eso me encanta. Es lo mejor de todo.
Bueno, Atarrabia, como ya sabes, siempre ha sido gaztetxera, muy rock, punk… siempre ha habido grupos de chavales. ¿Sientes que esa energía macarra o alternativa de Atarrabia está presente en tu música aunque ahora hagas algo un poco más electrónico o pop?
Sí, yo creo que sí, la verdad. Lo que te decía antes: soy una esponja de todo lo que me ha pasado en la vida. Y de manera directa e indirecta, Atarrabia tiene mucho que ver con todo lo que soy yo, pero no solo Atarrabia, sino de toda la escena de Iruñerría, porque al ser un núcleo de pueblos y barrios tan conectados, al final te nutres de todo. Tiene mucho que ver en mi forma de ser, ¿sabes? Yo también he venido aquí cuando había gaztetxe, escuchábamos Bonbatu... Yo qué sé.
Ibas a lo Viejo y salías en el Zulo, en el Aitzina, en el Katu… ibas a la Txantrea, al Akelarre cuando venía Eñaut… esta gente tenía un colectivo de reggae… Al final, lo bueno de Atarrabia y Iruñerria es que se han hecho muchas movidas.
Entonces sí, aunque no te lo diga directamente, seguro que de manera indirecta está ahí.
Si tuvieras que elegir un sitio de Atarrabia que resuma el mood de este nuevo disco, ¿cuál sería?
Yo creo que el Basajaun. Es el sitio donde hago mi vida social en Atarrabia y el disco tiene mucho de eso: de hacer una radiografía de lo que soy. En el Basa he estado de fiesta, volviendo de fiesta, de resaca, desayunando, he echado el almuerzo, he cenado… Entonces te diría que el Basa, sin duda, porque es lo que más he frecuentado de Atarrabia.
Creo que ahí convive mi gente, mi peña. Nos juntamos, echamos unas birras, hablas con la gente… y mola porque es un punto de encuentro entre gente de todas las edades. Puedes estar con tu cuadrilla y también con tu padre o sus colegas.
Y creo que eso tiene que ver con el disco: va sobre mí, pero también puede empatizar con gente de mi entorno y de diferentes edades. Entonces sí, el Basa resume bastante bien el disco.
Estás en un punto ahora que lo mismo podías tocar en Jazzaldia que en jaias de Elizondo , ¿crees que se está perdiendo el miedo a mezclarse y a sonar pop sin complejos?
Sí, yo creo que sí. No solo en el pop, creo que se están perdiendo complejos en general.
La peña está haciendo la música que le apetece y creo que se han roto bastante las etiquetas. Va un poco con lo que te decía antes de mi inconformidad y de no querer etiquetarme. Creo que eso le pasa a mucha gente, y hace que el panorama sea más rico.
Incluso en géneros muy establecidos como el punk ha habido cambios. Ahora hay autotune, hay synths… han pasado cosas. Y eso es guay porque significa que la música está viva, en evolución. Si algo no se mueve, está muerto. También creo que, aunque ahora haya escaparates más grandes como el Jazzaldia, en Euskal Herria hay un circuito muy concreto y muy especial que no pasa en otros sitios de la península.
Las fiestas de los pueblos son clave, los gaztetxes son clave. Tengo colegas en Madrid cuyo primer bolo ha sido hace tres meses, y mi primer concierto fue hace casi 15 años porque aquí había espacios. Te decían: ¿quieres tocar? Pues toca. Eso es súper importante para una escena. Tenemos algo muy rico, gracias a eso gente como yo puede vivir de la música.
Con este disco, ¿qué le diría el Hofe de ahora al de hace 15 años?
“Sigue haciéndolo, tío. Equivócate las veces que te tengas que equivocar. Sigue disfrutando de la música, esfuérzate…” y ya está. No le diría nada más. No me arrepiento de nada, ni de lo bueno ni de lo malo. “Sigue para adelante.”
¿Qué es lo primero que haces cuando llegas a casa después de una gira larga?
El primer día disocio en casa, porque son muchas cosas. Estás en un pico de adrenalina y luego el cuerpo te pega bajón… Necesitas descansar. Ese primer día me quedo en casa tranquilo, intento no hacer nada.
Luego ya vuelvo a mi rutina: pongo una lavadora, hago mis cosas, si estoy con mi aita estoy con él, si estoy solo hago la compra, cocino, bajo al Basa, me echo un café, veo a mis colegas… Intento hacer vida normal, tanto cuando estoy de gira como cuando no.
Pero ahora, con el disco, no se puede parar. Llego un domingo y el lunes ya tengo reuniones… a veces ni tengo tiempo para estar en Atarrabia. Por eso hacer cosas normales me hace sentir muy bien: bajar a comprar, ver a la peña, subir a Iruña, dar una vuelta… estar tranquilo. Y ahora, ir a un terreno que hemos pillado.
Aún no he tenido ese break después de la gira, pero tengo unas ganas de desconectar una semana que flipas.
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